miércoles, 18 de junio de 2008

Los ojos que han visto tanto.


Fue en un restaurante madrileño de padres valencianos. O al revés. Pero los recovecos y casualidades de la vida hicieron que en la mesa de al lado, un anciano, masculino "singular", disfrutara de una paella con sello levantino, igual que nosotros.
Al poco de haberlo visto, caí en la cuenta de que estabamos al lado de una institución, de una leyenda. Susana también se cercioró de que se trataba de alguien famoso. ¿Famoso? si. Viene de fama, que según el diccionario vigente, a pesar de la "ministra", significa Opinión que la gente tiene de la excelencia de alguien en su profesión o arte. Pocas veces un significado se ha abrochado tan bien a una palabra. Porque este hombre, el que se colocaba lentamente la servilleta en el cuello, es un famoso con todas las letras.
Ademanes de gente educada. Voz sosegada y calma. Charla distendida, discreta. Los años construyen los muros de la prudencia sobre las cenizas quemadas de los errores, que son las canas. Hace tiempo que no aguanto los restaurantes con bullicio, quizá porque ya ha florecido alguna ceniza en mis sienes, quizá porque es incompatible el buen comer y el mal oír.
Le llenaron la copa de vino tinto, y el anciano dió con un gesto su aprobación. Es una buena costumbre no perder las buenas costumbres, y comer con vino es como hallar una buena mujer: no se debe dejar nunca.
Sus acompañantes se acercaban a su oído para decirle cosas, pero el no necesitaba de estas inclinaciones. Yo creo que más bien se trataba de un acercamiento cariñoso, como si lo quisieran arropar.
Al acabar la comida, pagamos la cuenta y nos levantamos de la mesa. Ha merecido la pena venir aquí, por la comida y por la presencia extraña de ese señor mayor que nos resultaba familiar.
- ¿Le digo algo?- Le dije a Susana. Ella vió que tenía ganas de hablar con él.
- Venga, adelante - Me dijo. Y se quedó esperando a una cierta distancia.

- Perdonen, ¿les importa si saludo al Sr. Ayala? -
- No, no.-
Y le ofrecí mi mano a ese granadino universal, profesor universitario, exiliado en Argentina y Estados Unidos, novelista de pura cepa, ensayista de puro genio, premio Cervantes, premio de Las Letras... que se yo cuántos reconocimientos más.
- Le estoy muy agradecido- dijo D. Francisco. Y estrechó mi mano entre las dos suyas. Me sentí abrazado por una vaina de sabiduría, como si un árbol centenario me hubiera agarrado con sus dedos sarmentosos. Y ví la mirada del viejo, esos ojos que han visto tanto. Pupilar que han mirado a García Lorca, a Picasso, a Dalí, a Marañón, ¡madre mía! a Ortega. A su lado, las mías no son ni siquiera el proyecto de una sombra chinesca.
Conectamos. Me sentí cercano y tranquilo. Puede que a través de la piel me haya pasado alguna musa en forma de bichito itinerante.
Esta bien esto de conocer famosos, pero famosos de verdad, como Francisco Ayala. Casi nada.

No hay comentarios: