martes, 14 de septiembre de 2010

Aquellas noches


Dos de la madrugada, las tres, cuatro a.m. El reloj corría como una ruleta incierta, lenta, apenas iluminada por un ramalazo de luz que se colaba por la persiana. Una espalda encorvada y el respirar trabajoso de mi hermano me devolvían a la jodida realidad de las noches en vela. Lejos quedaban ya, en lo profundo de la almohada, los héroes, las aventuras eróticas y los precipicios insondables del sueño. A la vuelta de los años, aquellas noches en la habitación de dos camas se me agolpan en la memoria del dolor y del desvelo. Los recuerdos bañados en leche de la casa de mis padres y el asma de mi hermano que le partía el pecho al pasar el camión de la basura. Mil noches, sino más abrazando aquel sonido ronco y visceral de un respirar que agonizaba, intentando que se fuera ese demonio que se le agarraba, insistente, con las garras en la carne del desvelo, siempre de madrugada. Fue la primera vez que me encontré de cara a cara con una enfermedad que llegaba a provocar miedo y sobresalto en medio de la calma nocturna en Vallecas y el destello de los ojos de mi hermano, a la luz de la linterna que le atendía casi mejor que yo, se me grababa a fuego, sin que todavía haya podido quitármelo de la memoria.
Fernando tendría más o menos seis años cuando se le manifestó la dificultad para respirar. A partir del primer envite con la enfermedad, nos dimos cuenta en mi casa del valor que puede tener el aire, cosa esta que parece banal y sin importancia. Cuando te pones en la piel del que demanda la vida con los ojos llenos de lágrimas, no hay lugar para la indiferencia; tu hermano se ahoga y no sabes qué hacer, ni el porqué de esta circunstancia. Su angustia se convierte en tu desasosiego, y ese desasosiego en preguntas que no tienen una respuesta inmediata. De esta manera, año tras año, hemos seguido la evolución de su penitencia, que por suerte no ha sido grave, pero con cada ataque, con cada repentino arranque de tos, se nos iba un poco de oxígeno a todos los que le rodeábamos en aquellos momentos, dándole palmadas de ánimo en la espalda.
Se nos han quedado grabados en la memoria los nombres impersonales de los medicamentos, y las cajitas en cuestión eran colección en nuestra nevera. Cuestión de familiarizarse. En los primeros años ochenta, en nuestro mundo particular, las cartillas Anaya iban de la mano del Accolate, y las pinturas Plastidecor dejaban algún que otro rasgo en las cajas del Tilade o del Ventolín. Cosas, como he dicho antes, del día a día, sin interés para apuntar en el calendario de la niña y el patito, tan formal, que traía mi madre de la carnicería del barrio. Mis padres se plantearon que Fernando no se hiciera el Cola Cao para que no aspirase el polvillo marrón que tanto nos gustaba. Es comprensible. Ahí estaba mi madre, presta y solícita, para hacer la mezcla y que su niño no tuviera que pasar un mal rato cuando la tarde se sobrepone al día. Humos cero, tabaco desterrado, ir al pueblo en primavera o en fechas cercanas, si se podía evitar se evitaba. Íbamos acotando parcelas de la vida al mismo ritmo que a Fernando se le estrechaban las vías respiratorias, y los médicos nos ilustraban con palabras técnicas que, con frecuencia, no entendíamos (las famosas polipneas de las que tanto nos hemos reído luego) o la taquipnea, de la que yo hacía bromas con la cercana “taquigrafía”. En definitiva, llegó un momento en el que cuando el enfermo se recuperaba de algún ataque, aunque todavía ojeroso y descolorido, hablábamos de cómo había respondido su cuerpo y de la función de los broncodilatadores. Conversación peregrina para unos chiquillos en edad escolar. Pero siempre la compresión y una mano cercana le hacía sobrellevar con entereza el problema con sus pulmones y su respirar silbante, cuando no atronante.
La maravilla del cuerpo humano nos ofrece ejemplos de coordinación, de subordinación y de despreocupación. Cuando digerimos, es curioso, la maravillosa máquina de vivir, hace el trabajo sin que nosotros le demos ninguna orden, inconscientemente. Te plantas delante de un filete, se lo ofrecemos a la boca con una media sonrisa, y a partir de ese momento se abre la veda del disfrutar y del confiar. Delegamos en nuestro sistema digestivo, para que éste trabaje por sí solo. Y así con cientos de funciones, incluso con la respiración. Pero esta capacidad del ser humano tiene un misterioso proceder. Algo en lo que siempre hemos escarbado, mi chache y yo, de una manera especial. En su devenir natural, funciona de forma autónoma, independiente de nuestra voluntad. Sin embargo, cuando deseamos hacerlo, podemos coger las riendas y manejar ese “caballo indómito” y llevarlo al ritmo que queramos. Magias y maravillas de la naturaleza y de los entresijos carnales. ¿Por qué se nos habrá concedido ese privilegio? ¿Quizá estamos ante una concesión divina para utilizarlo, infla y desinfla, en nuestro favor?. Preguntas que nos hacíamos y que se quedaban en el aire.
A partir de su decimocuarto cumpleaños, comenzamos a tomarle el pulso a las más variopintas formas de respirar, y aquella experiencia nos llevo inevitablemente, a los terrenos de la meditación. Falta nos hacía no sólo a nosotros, insomnes con desdén en la costumbre, sino también a mis padres, que desde la habitación de al lado ya habían hecho vereda hasta el territorio de los “luchadores reflexo-hablantes” que, por la noche, era nuestro cuarto.Dormir con la espalda enterrada en almohadones, contando los defectos de las paredes, haciendo chanzas de los cromos avejentados y viendo venir el alba desde allá lejos no es plato de gusto. Yo, a fin de cuentas, cuanto lo dejaba tranquilo y estabilizado, me acurrucaba otra vez en la cama y podía descansar hasta que amanecía. Fernando no. Y así, un minuto después de otro, devoraba a la luz de una pequeña lámpara, tebeos de Mortadelo y Filemón, Superlópez, y las sagas de la Marvel, que tanto llegaron a gustarle. No hay mal que por bien no venga. La lectura se convirtió en un bálsamo para una mente que necesitaba serenidad y remansos tranquilos. Leer sosegadamente le hacía recuperar el ritmo de la respiración y, junto con el efecto del inhalador, le proporcionaba las fuerzas para hacer de su pequeña tortura, algo más llevadero, al fin y al cabo.
Recuerdo las visitas al médico, en el ambulatorio improvisado de nuestra calle. Era un edificio de oficinas, reconvertido en consultorio, que aún conservaba el terciopelo de las paredes y la moqueta de lo que, antaño, había sido una recepción con cierto gusto decorativo. El aséptico cartel rezaba: Consultorio Julia Mediavilla, así, sin más. Nada más empujar una tonelada de cristal y acceder al interior, en vez de encontrarte con incómodos bancos de plástico, se podía disfrutar de unos sillones mullidos de color marrón, hechos con un material que los hacía muy agradables. Sólo faltaba en aquella estancia el ambigú y la sala de ecarté para que aquello pareciera el Teatro del Príncipe. Las consultas sobre alergias y sistema respiratorio copaban sus instalaciones, por lo que no existía la masificación. Era como ir a la consulta particular de un médico de pago. El único rasgo desmitificador y corrosivo, era un timbre chillón y desagradable que habían instalado encima del marco de la puerta. Si no ibas nervioso a la consulta, el aviso de que te tocaba el turno se encargaba de que lo estuvieras en la fracción de un segundo, percutiendo los oídos y sacando, a paletadas, escombrillos y cerúmenes del pasado. Los ojos se abrían como platos. Coincidía muchas veces que la noche anterior se había dormido poco o nada, y entonces la descarga eléctrica que percutía semejante chicharra, se transmitía hacia los pacientes como si estuviera conectada a cada uno de ellos y espabilaba al menos pintado, al que ya no le haría falta siesta para aguantar la jornada
Nuestro médico era el Doctor Ruiz Jiménez. Mis padres le profesaban un respeto casi reverencial, y en cierto modo injustificado. Le creían un chamán cuya vocación innata había podido curar a los sufridos pacientes de la barriada. No dejaba de ser un médico de cabecera incrustado en el territorio de los especialistas de la respiración. Hombre talludo, de sienes pobladas por las nieves de la cincuentena, dejaba caer las gafas hasta el brocal de las narices para poder leer los artículos de la revista médica que tanto le gustaba. Conocía ya los problemas de asma de mi hermano, y con cuatro o cinco preguntas de manual, iba controlando la evolución de la enfermedad y daba las oportunas instrucciones a mis padres sobre cómo proceder en las semanas siguientes. Nos daba el volante para el especialista y apuntaba en una agenda los datos nuevos que se debían guardar, a modo de historial manuscrito y jeroglífico. La letra de médico.
Con esta rutina más o menos instalada pasaban los años y se sucedían las tardes y las noches, aunque ya iban desapareciendo los ahogos, y los almohadones en la espalda se colocaban muy de tarde en tarde, cuando el viento levantaba tolvaneras y el polvo se mascaba por la calle. En la primavera de hace catorce años, decidimos que ya podíamos disfrutar en el pueblo de unas vacaciones con ciertas garantías de pasarlo bien, y no tener que hacer las maletas antes de tiempo o visitar el hospital de Ciudad Real. Corría el mes de junio, que coincidía con el cumpleaños de Fernando. Era una fecha ideal para celebrar la notable mejoría, y también para hacer algunas reformas en la casa, como enjalbegar la fachada o pintar las paredes. Todo transcurría según lo previsto, ya fuera dar unas patadas al balón en Las Cañadas o subir al manantial a por agua, incluso tomar algo fresco en la terraza de las tabernas, cuando el sol ya no apretaba. Ni nos acordábamos de la fatiga, ni de los alveolos, ni de los despertares súbitos y desconcertantes. Todo marchaba sobre ruedas. Pero hete aquí que otra noche cualquiera, agazapada, tenía preparado su manto de hiel y su abrazo de oso para llenarnos de arena los pulmones con el maldito asma. Como cuento, ya no solo Fernando se mantuvo en vela hasta altas horas. Se desató una tormenta de verano que en maldita hora tuvo que nacer, allá en las cumbres de los Montes de Toledo. El aire se tornó enrarecido y cargado, la tarde se cubrió de cobertores negros, el tiempo se volvió pastoso y renqueante. Nosotros dormíamos en la parte de arriba, en una especie de buhardilla que conservaba el techo de madera, de los tiempos que no conocieron el cielo raso. Dos camas, dos jóvenes, y la noche, era un traslado en el tiempo y en espacio, de aquellas penas ya olvidadas de nuestra casa de Madrid que se hizo realidad pillándonos desprevenidos. El primero que empezó a notar los pulmones raros fui yo. Lo primero que pensé fue que estaba siendo rehén de una pesadilla. Me faltaba el aire, el pecho me sonaba como si tuviera goznes y candados prendidos de la pleura. Desperté, y vi a mi hermano incorporado en su cama vieja, con las mantas arremolinadas en los pies y con la mueca del agobio en la expresión. Estaba peor que yo, y me levanté para comprobar cuál era el alcance de la garra que lo apretaba, pues si yo tenía el resuello entrecortado, lo de él era un carrusel de sonidos y suspiros cuyo castigo no podía ni imaginarme.
-Fer, tranquilo. Venga dale – y le puse en la mano el Ventolín. Estaba caliente y húmeda, como si el mal que le desveló quisiera bañarlo, conquistarlo en cada poro.
- Tú también estás… te suena el pecho- Me contestó. Se daba cuenta de que aquella noche lo acompañaba en el sufrimiento, sin haberlo planeado. Mejor dicho, la tormenta, y la carga estática se ocuparon de que aquella noche, en aquel “sobrado” de la casa, fuéramos cuatro pulmones los que formáramos un cuarteto de viento, ronco y desacompasado. Compartimos sudor e inhalaciones, y alguna que otra vez, los dos sentados en la cama, llegamos a juntar las cabezas, frente con frente, y con una leve sonrisa, nos compadecíamos de nuestra suerte y, resignados, evitábamos el desconsuelo de las lágrimas.
Las nubes enfurecidas se fueron. La borrasca de nuestro pecho se disipó, e igual que vino, el asma se fue de nuestras vidas. Pasado el tiempo he llegado a pensar que yo también tengo una predisposición genética a ese tipo de enfermedad, ya que en días como aquel, extremos en todos los indicadores, mi cuerpo se revela de índole asmática y se me reavivan los rescoldos de algo latente, aletargado, pero vivo.
Fernando ya ha cumplido los treinta y tres. El tratamiento y la madurez le han creado una coraza bastante sólida. Desde hace cuatro años sale a correr regularmente, y su cuerpo, siempre debilucho y asténico, ha ido ganando forma y resistencia. Atrás han quedado las primeras noches, de sobresalto y angustia. Quedarán, seguro, en algún cajón, cajas e inhaladores que no han vuelto a ser usados, pasados de fecha. En el recuerdo queda aquella noche en la que pude comprobar, en mis carnes, la eternidad de los minutos y el triunfo de ganar oxígeno. El destino quiso unirnos una vez y superada la prueba de la catarsis, concedernos una tregua indefinida, quizá duradera. La calma después de la tormenta huele a un aire tan limpio.

2 comentarios:

Fernando dijo...

no se si lloré aquellas noches, al leer esto si se me escapa alguna lágrima, no de rencor con el pasado por aquellas noches en vela, sino de emoción y de sentimiento hacia nuestros padres que son lo mejor que nos ha podido pasar, con su amor desmedido hacia nosotros, y hacia ti, ejemplo y espejo en el que durante mis treinta y tres años me he mirado y pienso seguir haciendolo los que me queden

Rocigalgo dijo...

De espejo nada de nada, sólo el deber de obediencia al hermano mayor, Fer. Nada más. Tenemos una gran familia aunque sea pequeña. Ahora va creciendo, yo creo que se va a mejorar la cepa. Aquellas noches no fueron tan malas. Está un poco novelado el tema porque lo presento a un sitio, a ver si hay suerte. Pedían que el tema fuera el asma y pensé: podía hacerlos más o menos de esto.
Un fuerte abrazo de tu hermano, que te quiere.