lunes, 10 de noviembre de 2008

JORDANIA: Tercera, tocata y fuga.


Es curioso ir en una furgoneta un grupo de gente extranjera por estas tierras peladas. Los guías a lo suyo, que es intentar enseñarlo todo en el mínimo tiempo posible; los viajeros, a la inversa, asimilar todo lo posible a poder ser, durante todo el tiempo.


Hicimos tiempo y noche en Wadi Mousa en un hotel de cáscara de oro e interior de camping: Castillo de los Nabateos. Me imagino a ese pueblo errante y no adivino que pudieran acampar en semejante exponente del mal gusto.


A la mañana siguiente, desayuno a matacaballo y visita a Petra. En la taquilla pudimos ver que la visita podía ser de uno, dos o tres días. ¿Se podría condensar una visita digna en tan pocas jornadas? Me temía que no. Estaba en lo cierto. Sólo pudimos ver, fugazmente, los escaparates. Serpenteábamos por el Siq, desfiladero iniciático como pocos, con el deseo infantil y el comecome de descubrir, en un giro u otro, la majestuosidad de la puerta llamada "El Tesoro". Se empequeñecen los ojos dentro de las órbitas, a la vez que sentimos menguar el cuerpo ante semejante mole de piedra tallada. No me extraña que aquel aventurero suizo que "descubrió" esta ciudad para los ojos de Occidente musitara, en su idioma, algun taco de admiración, o se le escapara una jaculatoria de asombro. Dicen las malas lenguas que el pasmo que sufrió Stendahl en Florencia fue mera indisposición comparado con lo que sintió nuestro amigo transalpino.


- Tenéis dos horas para subir a la montaña y poder visitar El Monasterio. No es nada del otro mundo. Fachada plana, sin motivos, en fin.... aquí os espero en el bar - . George seguía haciendo honor a la ley del mínimo esfuerzo; el interés traspapelado quizá en la cola de años que llevaba llevando turistas por este mar de arenisca, de olas petrificadas. Subimos por un camino de peldaños gastados. Nos cruzábamos con gente que venía de bajada, a lomos de los burros alquilados con billetes de ida y vuelta. Cuanto más arriba, más fresco navegaba el aire y el sudor se pegaba al cuerpo como un aire acondicionado natural. Los burros subían y bajaban con pesados turistas a las costillas. Parece increíble que puedan cargar con todo el peso, sierra arriba, sierra abajo, con esas canillas...




Seguíamos subiendo, bordeando tremendos y estrechos cortados en la roca. Nos daba la sensación de estar al borde de una grieta sin fondo por donde se colaba el viento danzando y silbando como un pájaro invisible. Susana se adelantó unos metros, y cuando le di alcance, pude observar que se había quedado tan petrificada como las montañas que nos rodeaban. Miraba a su izquierda sin poderse creer que aquello estuviera allí. Era "El Monasterio". En verdad que algún poderoso anhelo de trascendencia había llevado a aquellas gentes, hace dos mil años, a gastar los días picando la dura piedra de Petra para poder rendir culto a los que ellos creían los emisarios del cielo. Inexcrutables son los caminos del Señor y más misteriosos y divinos son los de los hombres.


Nos hubiésemos quedado allí por lo menos dos o tres eternidades, pero la gente empezaba a impacientarse y teníamos que iniciar la bajada de la montaña hacia la dura realidad del consumismo.


Comimos en el enésimo bufé igual que comen los rebaños en las extensiones agrarias. Sólo faltaba que el camarero nos diera unos toques en el lomo con una ramita o un gamón para que no nos arremolináramos los unos con los otros. El guía nos pidió el dinero por adelantado, para que no tuviéramos que pagar no se qué impuesto. Al final todos supimos que fue una artimaña pueril para embolsarse unos dinares, pero hicimos uso de la resignación del turista hasta poner más adelante, negro sobre blanco, todas las irregularidades que habíamos detectado. Los jordanos han conservado el espíritu de comerciantes, pero también se les han quedado pegados los vicios del pícaro, como las pelusas en los bolsillos.


Al día siguiente a Wadi Rum, o sea al desierto. Caravana de mujeres, y yo entre ellas como Lawrence de Arabia sin turbante. Llegamos al sitio desde donde parten los todoterrenos y algunos se parten. Nos tocó en el sorteo una "tartana" Isuzu, para darle más emoción a la excursión. Allá que nos montamos todos, bota que te bota. Subimos alguna duna, hicimos nuestro montoncito de recuerdo para que quede huella de nuestro paso, paramos en una jaima de beduinos, todo muy bien perfilado y programado. Yo me quedé un rato escuchando la música del laud, mientras que las féminas echaban un ojo a la artesanía textil de la comarca. Las notas de música sonaban zumbonas y contundentes bajo la lona de la tienda, y quise transportarme a la época de aquellos nómadas con la imaginación. Algo conseguí : imágenes borrosas de alguna travesía sin agua, donde yo me transfiguraba en jefe de tribu, caballero en un dromedario gruñón.


La del alba sería cuando iniciamos el camino hacia Aqaba, sin u en el medio. Fueron días de quietud, de reflexión, de tumbona, de chancletas, todo ello bordado con cinco estrellas "Radisson". Allí guardamos las botas de siete leguas y destapamos el tarrito de la concupiscencia. Solíamos acabar la tarde aguardando la caída del sol por detrás del Monte Sinaí. Esa imagen, el mar Rojo en medio, y la mano de mi mujer unida a la mía fueron la trinidad del hombre feliz en tierras extrañas. Los detalles mundanos se borran. El frenesí de aeropuertos y pasaportes se disipan. Sólo me quedo con lo que se queda grabado en la nuca para siempre. Una tierra amable a la par que inquietante. Restos de ciudades perdidas que fueron encontradas, y la certeza de que mi vida se asienta sobre un lecho tibio de luz que no cesa.









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