CARVALHO Y EL MISTERIO DE LA CUEVA DE ISIDORO
En esa media mañana del mes de junio, agarrada al tiempo como
novia primeriza, el anteriormente llamado Torrejoncillo de la Ribera se había
levantado con pereza etílica. Las fiestas habían dejado rescoldo, y la brasa
del bullicio tardaría aún algunos días en apagarse del todo.
Los coches de línea trasegaban por la
carretera de circunvalación, y las urracas jugueteaban unas con otras, persiguiéndose
dentro del algoritmo mental incrustado por la madre naturaleza, allá donde la
cuesta de la grilla adquiere su rutilante nombre.
Subiendo lentamente, por la acera de
la sombra, con paso sereno, un hombre vestido de negro, cabizbajo, con las
manos en los bolsillos, pareciera haber surgido de la nada, como de un
aterrizaje, en abducción marciana se tratara. El día amenazaba canícula y
bochorno, pero el visitante no parecía estar preocupado por el parte
meteorológico, pues ya le ocupaba la mente algún tema que le tenía sumido en
pensamientos y bosquejos, aún desconocidos.
Llegó al final de la calle, dobló
para seguir la tregua de los edificios ante el sol, abandonando ya la calle de
la Huerta, y levantó la vista perfilando con la visera del sombrero negro el
cartel del Bar Goyo. Los desayunos estaban en pleno auge, y algún peñista que
otro, comentaba el penúltimo suceso del encierro, o de la carpa, en ese punto
limite en el que uno puede pasar a ser pesado.
Cuando Carvalho cruzó el umbral de la puerta, no sucedió como en aquella película de Gary Cooper donde tenía que enfrentarse solo, ante un problema; pero casi. Los parroquianos se le quedaron mirando. El de la máquina tragaperras mantuvo en el brocal de las monedas un euro, que pedía casi a gritos deslizarse por su tobogán de la suerte. Un ventilador rompía el silencio, haciendo ondear una tira de papel como si se tratara de la bandera de los pobres. Al cabo de unos segundos, todo volvió a la normalidad, el tiempo se licuó desde la densa impaciencia de los desconfiados.
Pepe Carvalho se sentó en una silla cercana, acomodó su sombrero en el asiento de la contigua, y escudriñó el panorama desde sus ojos de investigador analítico y decimonónico, de esos que ya no quedan, de los que se alimentaban a base de tabaco y coñac, aunque la pose les costara contar los años de hombre como si fueran de perro. El radar le aportó una base de datos bastante rica: ancianos acomodados, jóvenes con sueño, adultos cuya casa era ese bar y oriundos de la Dacia en el descanso de la obra donde se afanaban en sus oficios.
Quiso buscarle un acomodo, un primer
escenario, al misterioso suceso sobre la desaparición que le habían encargado
investigar. Entre los más de quinientos casos que había resuelto, donde se
mezclaban crímenes pasionales, secuestros, venganzas de familia, o delitos
sexuales, nunca le habían propuesto, así de primeras, una desaparición abrupta,
una “ruptura” de las leyes físicas, así tan a la ligera.
Según la copia del raquítico
expediente que le pasaron, el archivero municipal, en San Fernando de Henares,
desapareció el diez de mayo alrededor de las 12 de la mañana. Los compañeros le
vieron abrir la puerta de un almacén medio olvidado, en el sótano, y ya no se
le volvió a ver más. Las paredes húmedas, los tristes armarios funcionariales o
un agujero infernal de otra dimensión se lo tragó, y nadie sabe más.
El detective, pasados unos minutos de
acomodo y aclimatación, se acercó a la barra y le pidió al camarero, que
también era el dueño ahora, un café con hielo. El hijo de Goyo, el fundador del
bar, se daba un aire a Sancho Gracia en su época de “Los camioneros”: moreno,
lleno de energía y seguridad, dominaba desde la atalaya de la barra el
abigarrado mundo que se desplegaba delante de él. Un gesto rápido de aprobación
y media vuelta para calentar el agua no impidió que Carvalho le hiciera
preguntas, sobre la marcha. Quería obtener datos para no dar pasos en falso y
así conectar con algún hilo conductor que le pusiera sobre la pista de la
verdad. Tampoco quería entrar en el terreno de lo esotérico, como buen “hijo”
de la tradición humanista. Para él existían los datos y las conexiones espaciotemporales,
y con un buen informe aglutinador que conformara la historia, los casos se
resuelven y los culpables van, caminito de Jerez, a su destino irremediable de
rejas y muros.
—Disculpe. Me llamo Pepe Carvalho, y soy detective. ¿Ha oído
usted hablar de la persona desaparecida en el ayuntamiento?
—Algo he oído, sí, pero no conozco los detalles. ¿Ha
aparecido ya? Yo me llamo Isidoro.
—No, todavía no, y parece que la cosa no pinta bien. En su
entorno no han vuelto a tener noticias de él, y sus familiares se han tenido
que hacer cargo de su madre, del gato y de las plantas. Imagínese…
—Es muy raro, si —Al camarero comenzaba a picarle la
curiosidad. Se apoyó en el mostrador de aluminio con las dos manos, y prestaba
absoluta atención a lo que Carvalho pudiera contarle.
—La policía se ha quedado con el expediente atascado en la
entrada en el almacén, en la zona que parece ser que, antiguamente, había una
cripta. A partir de ahí, se ha evaporado, esfumado, volatilizado. —Carvalho
continuó con la conversación, y añadió la opinión que le merecía el caso — Ese
hombre no puede haber desaparecido sin más. Tiene que haber una explicación
lógica. No puede ser que se repita lo de Aranjuez. Aquello debe ser, tiene que
ser una excepción a la regla.
—¿Qué pasó en Aranjuez? ¡No me diga que desapareció alguien
también, como aquí! —El hijo de Goyo había entrado de pleno en la curiosidad, y
ya no quería salir de ella.
—Sucedió, sí, sucedió. Pero no quería acordarme de ello
porque todavía le doy vueltas a la cabeza, sin explicármelo. En los sótanos de
palacio, sin dejar rastro. No le digo más, ¿le suena de algo?
Un cúmulo de ideas y conjeturas le vinieron a la cabeza al
tabernero en pocos segundos. Era un brainstorming, un preludio de
película o serie actual, pero inevitablemente, basado en hechos reales. Al
mencionar el sótano, asoció la incredulidad de Carvalho con la curiosidad suya,
pues ese escenario de túneles, humedad, antorchas y oscuridad ya lo había
vivido él, desde que era pequeño.
Inclinándose sobre la barra, y mirando a los lados, como si
fuera a contar el mayor de los secretos nunca guardado, le susurró al
detective:
—Si quiere ver algo que le va a gustar, véngase esta noche
cuando cierre al bar. Tráigase una linterna y algo de ropa de abrigo. Donde le
voy a llevar hace fresco. Eso sí. Creo que no se va a arrepentir. —hizo una
pausa, mirándole fijamente a los ojos, como el que ha encontrado el aliado
perfecto para una aventura. Carvalho le correspondió con una sonrisa burlona,
discreta, y le dijo que vendría a cenar a última hora para ir haciendo tiempo
hasta que se quedaran solos.
—Perfecto… muy bien… ¡confío en usted, eh! — volvió a sus
quehaceres. Puso un tubo de cerveza y lo acompañó de boquerones. Los mejores
del valle del Henares. La alineación en cuña, solapada, perfecta, de los
filetes blancos coronados por flores de perejil permanece inalterable, aunque
le vayan faltando elementos de la formación.
Subiendo de nuevo por esas calles de San Fernando, el
detective llegó al centro de la Plaza del Santo. Miró la estatua, chata,
maltratada por los elementos y luego torció a la izquierda, atravesando un seto
por una calva. Caminando, después, por la acera, vio entreabierta la puerta de
un local y no pudo resistir lanzar una mirada fugaz hacia dentro. Un sinfín de
calzadas en miniatura, con curvas, loopings, pasos elevados y coches de
colores serpenteaban con una cadencia rápida y controlada. Los jugadores
empuñaban el mando como si les fuese la vida en ello, con un disfrute
admirable. Este pueblo le llevaba de sorpresa en sorpresa.
Pidió habitación en el hostal Goyma, recomendado por el camarero explorador y le ofrecieron una con ventana, casi presidencial, enfrente de un edificio fantasma, como si un “Chernobyl” hispano se hubiera desatado hace años. Desparramó el expediente del caso por la cama, ordenando las ideas, las conexiones y los datos, que para él eran fundamentales. Después durmió un rato la siesta sin reparar en la hora de comienzo ni en la de final como buen soltero entrado en años.
Ya de noche cerrada, bajó de nuevo al Bar Goyo. Quedaban
pocos clientes, y el ambiente era ya de despedida y cierre. Pidió un bocadillo
de lomo con pimientos y un vino de Madrid. Le pusieron un “Tagonius” y Carvalho
se mostró agradecido por la elección.
—¿Le pongo queso?
—No. Tomate, en todo caso.
Sobre las once y media, ya estaba recogido todo el bar.
Isidoro se había puesto pantalón largo y camisa. Llevaba un foco en la cabeza,
sujeto por una tira de goma donde ponía “Quechua”. Carvalho seguía con el
sombrero puesto. Su torpe aliño indumentario consistía en un chaleco de
reportero gris y unos pantalones de tergal. La linterna le daba un aire entre
cómico y esforzado y alguien echaría de menos, en ese torrente de series que a
todos nos lleva, que en algún momento del recorrido se le apagara, y tuviera
que darle unos meneos para que volviera en sí.
De pronto, de una esquina del salón, Isidoro levanto una
portezuela del suelo. Estaba tan perfectamente integrada en las losetas que no
se distinguía. Fue una elevación majestuosa, casi mágica. Un aliento de humedad
mohosa entró en el bar por aquella “boca” improvisada. Isidoro, con el frontal
puesto, le indicó a Carvalho que pasara primero.
—Por aquí llegamos, si queremos, a los sótanos del
Ayuntamiento, aunque yo nunca me he atrevido a pasar de los bajos de la
biblioteca. ¿A que es alucinante?
El detective no era, precisamente, la alegría de la huerta.
Los años, la experiencia y un carácter tranquilo le habían hecho el traje de un
estoico desesperante. Se limitó a elevar las cejas y a mirar con complicidad a
Isidoro. Puso un pie, con prudencia, en el primer escalón de la bajada, y
cuando aseguró el paso, se adentró en la cueva. Las luces que encontró allá
abajo eran ancianas, con un fulgor amarillento que le añadía a la aventura una
pátina de misterio. El dueño del bar cerró la trampilla, y dirigió el foco cíclope
hacia un pasillo interminable. Llegó a la altura de Carvalho y le dijo en voz
baja:
—A cien metros, más o menos, llegamos a la primera puerta. Es
de madera, y estará hinchada, pero espero que se abra. Después es terreno
desconocido, nunca pasé de allí.
Carvalho le contestó, en un arrebato impropio de él, entre irónico y exultante:
—No importa, en la pensión me han hecho dos bocadillos y
llevamos agua. Por lo demás, que San Fernando nos proteja.
Y siguieron avanzando hacia la oscuridad. El haz de luz del investigador
siempre hacia el frente, el de Isidoro, de vez en cuando, se giraba hacia la
derecha para compartir, de manera más cercana, alguna historia de este pueblo,
tan real como enigmático. Ahora no camina solo Gary Cooper; son dos los que cabalgan juntos.
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