Baldomero, compañero...

Cuando me asomaba por la tercera planta podía verte, escoltando las aulas que anidaban a tu espalda. Nunca tuvimos una conversación larga, ni una confidencia, ni un diálogo forzado. Tan sólo palabras cruzadas, cordialidad, serena calma de ministerio a las doce de la mañana. Sabía que eras de la misma tierra que alumbró a mis padres. Eso me acercó un poco más. Sabía que eras independiente, tranquilo, cumplidor a carta cabal. Ese compañero que siempre estaba en su sitio, que entregaba por la tarde el testigo de las firmas y de las formas al granadino de traje siempre impecable. Eras aquel, sí ahora los recuerdos acuden intensos, al que siempre al alzar la cabeza veía subir por la cuesta de Atocha, con pies ligeros y mirada firme, cada vez que intentaba aparcar y me limitaba a observar. Pues ese es el misterio. La noticia me cayo como un mazazo. Rafa me la trasladó, por las ondas del aire, con pespuntes de chispas negras y crespones en cada palabra. ¡Qué lejos de la noticia cuando no te t...