OLAVIDE, EL REAL HOSPICIO Y EL TRATO A LOS POBRES EN SAN FERNANDO DE HENARES.




 

Los pobres, en el oscuro periodo de la historia que llamamos Edad Media, tenían una razón de ser, una utilidad social, y en cierto modo, la Iglesia monopolizaba la existencia de este colectivo entre otras cosas porque, eran el objeto de la caridad de las clases altas, como mandaba la doctrina cristiana.

Por lo tanto, según se desprende del estudio sociológico del siglo XVII, no se pretendía la eliminación de este sustrato de personas, sino en todo caso, el alivio "sintomático" y piadoso de sus múltiples necesidades, entre las que se encontraban la enfermedad y el alimento; de la educación o instrucción ni siquiera existía un planteamiento por parte de la Corona.

Pero llegado el siglo XVIII, con el inicio de la dinastía de los Borbones, el ideario ilustrado y la intención de una estructura de Estado centralizada y fuerte, desmonta el "monopolio" de la asistencia a los pobres y menesterosos que ejercía la Iglesia, y atrae hacia el Estado las competencias sobre sus tristes destinos.

En lugar de dejarles a su suerte por las calles, la puerta de los edificios religiosos y las leproserías, los destina mediante un objetivo de utilidad social al ejército y las obras públicas, o los recoge, de una forma más digna para aquella época, en hospitales, casas de corrección y los famosos "hospicios". El mendigo pasa de tener derecho a la limosna, a tener derecho a aspirar a un trabajo, y a ciertos cuidados.

El ideal ilustrado de fortalecimiento del Estado y una sociedad de ciudadanos que trabajen para él, se canalizaba mediante leyes que regularan la base social de un país hundido en el analfabetismo. Como precursores de la ola migratoria de los años sesenta, en el siglo XX, en aquellos primeros años del dieciocho los campesinos venían a Madrid con el fin de encontrar el ansiado trabajo o huir de las hambrunas que se generaban con las crisis del mundo rural. Pero a diferencia del "boom industrial" del tardofranquismo, en la época de Felipe V las posibilidades de encontrar una ocupación eran bastante escasas, y eso propiciaba la existencia de grupos humanos muy numerosos, ociosos y necesitados. Campomanes ya lo expresaba, de esta manera: 

no puede negarse el grave daño que trae a la Corte y Sitios Reales la tolerancia de vagos y mendigos, porque bajo este disfraz se esconde un gran número de delincuentes y son seguros instrumentos para introducir la confusión y el desorden, así como esperar murmullos sediciosos y engrosar motines y tumultos...

Pues bien, nuestra ciudad, San Fernando de Henares, tuvo su protagonismo con alguna de esas instituciones que se promovieron por los Borbones en España; y mucho tuvo que ver una figura de gran relevancia en aquella época, como administrador y estadista: se trata de Pablo de Olavide. Escritor, filósofo, teólogo y abogado, entre otras cosas, representaba el ideal ilustrado encarnado en un intelectual para el tiempo que le tocó vivir. Nació, curiosamente, en Lima (Perú) y desde muy joven se ocupó de la gestión administrativa y directiva de gran cantidad de proyectos. Como persona inquieta y en cierto modo liberal, tuvo muchos problemas derivados de una forma de vida, digamos, "escandalosa" y afrancesada, que iba por delante de su tiempo, y en contra de las costumbres del Ancien Regimé.

En 1.766, ya entrado el siglo, se le nombra director del nuevo Hospicio de San Fernando, y en el ejercicio del cargo llevó el proyecto de combatir la mendicidad y la dignificación de la vida de los pobres. Las cartas cruzadas con el Ministro de Hacienda de la época, Miguel de Múzquiz, nos señalan los objetivos marcados por aquellos equipos de gobierno, regios pero con nuevas miras: 

… para recoger en Madrid a los vagos, ociosos y los mendigos sanos y no estropeados, con la piadosa idea de darles destino en que se ocupen y empleen... ha determinado S.M que interinamente se pongan los pobres y vagos en el Sitio de San Fernando.

Para adaptar el edificio de la Real Fábrica a las necesidades de la nueva función encomendada, se debieron acometer obras y reformas como por ejemplo, la creación de cocinas y nuevas habitaciones, ya que las mujeres debían de estar separadas de los hombres. Olavide calculó que en la parte baja de la fábrica podían recogerse alrededor de un millar de personas, y sugirió que los trabajos los podrían hacer los mismos reclusos, con la oportuna dirección y supervisión, y así se ahorrarían recursos al tesoro de la Corona. El cálculo de los costes en comida, ropa y otros servicios también incluían la mano de obra interna, compensando en su empleo a los que no pudieran trabajar por minusvalías y demencias. 

San Fernando de Henares, con la apertura del Hospicio, en el mes de septiembre de 1.766, se sitúa en la categoría de municipio "salubre y aseado" socialmente hablando. Se reducen en gran medida las enfermedades y se da un nuevo aire a la utilidad de las instalaciones Reales, acordémonos, inauguradas pocos años atrás para dar sitio a la Real Fábrica de Paños, proyecto tristemente fallido.

Uno de los puntos flacos de la ciudad, en cuanto a la salubridad se refiere, eran las aguas del río Jarama, que aunque libres de la contaminación que las afecta hoy en día, eran foco de fiebres y problemas varios. Olavide se encarga de buscar alternativas y trae aguas limpias de una zona diferente al río, con lo cual consigue mejorar la salud de los sanfernandinos.

Pero en otoño de 1.766, el administrador cae enfermo, por un envenenamiento con setas y parecía que le iba a costar la vida. Pero un año después se restablece y vuelve a desempeñar la dirección del hospicio. Breve periodo, pues poco después recibe nuevo destino en la ciudad de Sevilla como delegado de rentas. No volverá más a nuestra ciudad, aunque el destino del Real Hospicio seguirá con otros protagonistas en la dirección y gestión de este.

La idea de Olavide del rescate de las gentes del agujero de la pobreza iba más allá de concentrarlos en un hospicio y darles cuidados. Con un gran espíritu progresista, planificó una serie de reformas económicas y sociales que tenían entre sus objetivos el llamado "ascensor social" ya que no solo les aliviaba sus necesidades, sino que les daba la oportunidad de trabajar para ganarse la vida y quien, sabe, desarrollar otras tareas inherentes al ser humano. 

Tras su marcha, se nombra a Nicolás de Rivera director del Hospicio de San Fernando. En 1.768 el rey les concede el uso de las instalaciones del lavadero, tinte y el batán, cercanos al río Jarama. Posteriormente, los excesivos gastos de mantenimiento y sostenibilidad de semejante edificio llevó a la Junta de Hospicios a comenzar a plantearse la enajenación de tan costosas instalaciones.

San Fernando, ciudad antigua, ciudad nueva, entre el avance de las ideas ilustradas, personalidades clave y el destino de una fábrica con buenas intenciones, pero que fue reconvertida en sitio de recogida para la gente humilde de la época.


Fuente: Los hilos de nuestra historia. Susana Torreguitart



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