martes, 6 de marzo de 2018


MUESLI

Los planetas no giran caprichosamente, como si fueran peonzas tontas en el suelo, igual que no se puede hacer un guiso arrojando a la cazuela los ingredientes, sin medir el tiempo ni las cantidades. Razón tenía aquel fulano que aseguraba que El Creador no juega a los dados con el Universo. Yo creo que ese hombre era cocinero, o camarero como yo, y buen taurino. Templar, mandar, cocinar el Cosmos como Dios manda y servir en la mesa una galaxia de pollo central, caliente como el Sol, y girando alrededor la guarnición de patatas, guisantes plutónicos y tomates con sus anillos de cebolla alrededor. Aquí no hay margen para los chistes fáciles ni para la improvisación. Fuego lento, don de gentes, ni un pelo en la sopa ni un asteroide suelto, eso es a lo que yo me dedico. Me gusta pensar que nací, como Lee Marvin, bajo la estela de una estrella errante. Y tengo la voz igual de ronca, cazallera.
Ginés, mi encargado, un hombre amargado hasta la saciedad, cuya casa es la trastienda y cuya familia no existe, me deja poco margen de maniobra, pero yo me hago hueco ordenando las cosas del desayuno. Como se me va la pinza, y veo constelaciones dentro de los Universos/Bandeja, intento que el personal se fije en las vitrinas, que lo flipe, y que luego se aburra con el resto de la cafetería. Al fin y al cabo lo bien hecho, bien parece, y el calvo de mi jefe, aunque mire con desdén, me tolera estas libertades.
Mis compañeros de barra (dos) no existen, o mejor dicho, vegetan entre tazas y platos extendiendo la mano, contando tres euros con cincuenta, marcando en la caja, pero con una mirada cristalizada por el aburrimiento. A veces intento pegar la hebra con cualquier asunto, pero la conexión no va más allá de un par de minutos de cortesía. Yo soy capaz de hablar del último piscinazo de Neymar o de la huída del silencio administrativo; me da igual; para eso curramos en una cafetería de Ministerio, y además me considero buen conversador, pero ni con esas. Ellos con su calmada tristeza a cuestas y mirando el reloj para que llegue la hora de comer. Una pena. Yo entre los planetas y mis barritas de cereales me creo mis propias tesis cuasi-doctorales sobre la gente y sus movidas. Nos comportamos como somos, o bien semillas o bien la miel que nos compacta hasta completar una forma rectangular, y luego están los que envuelven, los engatusadores, terribles pero necesarios para lucir un envoltorio fácil de abrir y reluciente.
El cocinero, un leonés socarrón y mujeriego, sí que sale de vez en cuando de su redil para pegar la hebra con la vieja guardia funcionarial, con la que se lleva de lujo desde hace años. Los favorcillos ocasionales, preparando tapas furtivas en la plancha o el estraperlo de alguna bebida hace buenísimos camaradas entre la plantilla.
¿Qué pinta un camarero como yo, en todo este ecosistema de alimentación y retroalimentación administrativa? Simplemente ser testigo (gozoso) del devenir de los grupos ya cohesionados de “desayunantes” y “comientes” en el salón de la planta baja: Paquitas, Amparos, Anas, Genovevas ( las mujeres abundan en esta galaxia), interactúan, se relacionan, con Cristóbales, Antonios, Cayetanos, en un baile de ingredientes que, con las modas y la buena dieta, se parece muchísimo a la mezcolanza del muesli. Me podréis decir que la comparación, viniendo de un bar, no es bastante light, por no decir cursi, pero no tenéis razón. Intentar asemejar las relaciones humanas, como planetas giróvagos que somos, a los callos con garbanzos, o a la menestra de verduras, sería faltar a la verdad por venderme a una comparación fácil. Después de sesudas cavilaciones apoyado en la maltratada barra de aluminio, llegué por convicción a identificar los copos de avena, la fruta deshidratada, los frutos secos, y por supuesto, la leche, personificado en señoras bajitas (casi profundas) y jefes de servicio semialcohólicos (casi desahuciados). Incluso el olor tibio, papilloso, cuando se reúnen en torno a la mesa, se puede percibir desde aquí, a tres metros y medio.
Al fondo, casi en el ángulo oscuro, alrededor de las once y cuarto, se suele reunir el grupo de “conta”. La contabilidad debe ser una actividad bastante aburrida, porque los cuatro o cinco que se reúnen en torno a un poleo y unas barritas acarrean un semblante bastante plano y gris, casi con ganas de empujar las manecillas del reloj hacia el mediodía. Amparo es la jefe. Alta, desgarbada, inquietantemente inestable, llega a su mesa con grandes zancadas. Da la sensación de que si hubiese overbooking podría pasar por encima de la gente hasta llegar a la barra. Moños, calvas y diademas rozando la entrepierna y ella superando los obstáculos. Para mí ella son los copos de avena; ligeros, aristocráticos, pero muy volátiles, peligran por caer por el borde del plato, como asteroides sin casa. Manuela es su secretaria, y casi siempre viene un par de minutos después de la jefe, casi corriendo, como si se le hubiera olvidado recordarle una cita. Es bajita, rubia de nacimiento y por convencimiento, y más alegre que ninguna. Ella, en unos apretones, pasaría por debajo de la cola, para poder llegar antes que Amparo y pedirle su cafelito con napolitana de inmediato. Ella es pura grosella concentrada. Después, llega muy tranquilo Don Daniel, administrativo pero con ínfulas de Subsecretario; el más antiguo del lugar y de cualquier lugar; él siempre estuvo antes, él siempre lo hizo antes, como un planeta viejo que llega a nuevas galaxias por extinción de las antiguas, trufado de trienios y de batallas lejanas. Daniel es el fruto seco que le ofrece arquitectura a este plato abstracto de cereales “conta”.
Hay tantas historias como mesas. En concreto nueve. Aunque algunos son relatos itinerantes, como los cursillistas. Chicos y chicas jóvenes, aparentemente sanos y seguramente inteligentes, que nos alegran los ojos con nuevos rostros, muy interesantes.
-          Lo tienen todo estas tías, macho. Un cuerpazo, simpáticas y listas como la madre que lo parió. ¡qué mal repartido está el mundo! – me repite muchas veces el cocinero, limpiándose las manos con el delantal pollockiano.
-          Ya te digo – le contesto yo, sin más.
Otro grupo interesante es el que baja al vermú sobre las dos de la tarde. Vermú previo a la comida en el autoservicio. Los de mantenimiento. Como pude ver en un documental de Carl Sagan, este grupo se compacta y se mantiene en una tensión gravitatoria que evita la disgregación y los “bigbanes”. Siguen conservando su condición muesli pero rectangular (por la posición que adoptan en la mesa) y en barrita (hacen piña en torno a lo laboral, lo personal y lo casi di-vino). Son de los pocos que pagan por rondas, y respetan algunas leyes antiguas y bohemias como la ley del bar. Jesús es el encargado. Siempre tiene una excusa para celebrar algo, y se lleva muy bien con el cocinero. Es moreno, risueño, y tan alto como su índice de colesterol. Reúne en su entorno a las frutas deshidratadas del Museo del Traje y los soldadores itinerantes del Ministerio de Defensa. A veces, cuando han terminado de comer, y ya venían calentitos de las cervezas, acaban comprando una botella de whisky en el chino  y terminan la jornada en su cuarto, oyendo música de los ochenta y jugando al mus. Casi todos son solteros, y otros les han empujado a la soledad sus sufridas mujeres, que ya han pagado demasiados taxis a las cuatro y pico de la mañana.
Mi encargado, el triste, se queda mirándolos muchas veces echando pestes de su condición.
-          Míralos, no tendrán casa, ni tienen críos que llevar al fútbol, y pegar esas risotadas del carajo. Conmigo tenían que dar. Y luego los llamas para cualquier cosa y no vienen hasta que no les sale de ahí…. méca!
No aguanto la mirada de amargado de Ginés. A veces me apiado de él y de su triste vida, llegando por la tarde a su habitación con derecho a wifi y baño propio; ya peina canas, que arquean por encima de la calva, y cuando se pone a despotricar le resbala una gota de sudor por el occipital hacia abajo, como huyendo de un cerebro atormentado.
A última hora suelen llegar siete u ocho agentes de movilidad (movilidad hacia la barra dice él) para merendar antes de hacer las rondas de la tarde. Estrellas verdes fosforito que brillan como avellanas hinchadas de miel, en un cuenco de metal donde también se desliza alguna enana roja: una vigilante del SER, pequeña y fría, que por no molestar se trae de casa un táper con frutitas un poco pasadas, pero aprovechables. Cumplen perfectamente con mi obsesión por este preparado alimenticio, al que comparo el Universo, y que en el giro de la cuchara se mueve en traslación y rotación, en perfecta sintonía y sincronía. Muy de tarde en tarde, cuando nos dejan poner el cassette, hasta le ponemos banda sonora a estas galaxias, y no es precisamente, música celestial.
Los impersonales compañeros de barra, de vez en cuando, vencen la inercia de su encefalograma plano y les piden investigar alguna multa, o que les aconsejen sobre un colega que lo está pasando fatal porque le pararon en un control y encima se puso chulo con la benemérita, con aquello de si conducir borracho y puesto es un delito o no:
-          ¿yo he cometido un delito? ¿ha matado a alguien?- le explicaba al guardia, sobre lo que dijo el coleguilla.
-          Con la guardia civil pocas bromas. Esos no somos nosotros. Quiero decir, que, esos todo lo que ponen en el atestado va para adelante. No hay tutía.
-          ¿Ni aunque les digas que vienes de parte de uno que trabaja en la Administración?
-          Ni por esas. Olvídate. Pídeme otra cosa, pero eso… - y cogío la gorra, se puso el chaleco reflectante y salió a la calle con sus compañeros.
Creo que ha sido una de las pocas ocasiones en las que a este chico le he visto su vertiente humana. Fue casi un espejismo. Pasados unos instantes volvió a cambiar de piel y se vistió otra vez de gris, empresa de colectividades.
Hace quince días se anunció un eclipse de sol, y fue la oportunidad de poder apreciar el ribete rojo que se dibuja en él con la interposición de la Luna. Para esa ocasión, el grupo de mantenimiento instaló en el tejado un telescopio para que todos los compañeros pudieran observarlo. Nosotros hicimos turnos en la cafetería. Cuando me tocó, subí por el ascensor los cinco pisos del edificio (sonaban en su ascenso como cuchillas amenazadoras). Llegué donde me dijo Manolo, al final del pasillo central, subí las pequeñas escaleras de caracol y el viento me recibió con el frescor típico de las mañanas de marzo. Olía a resina de cubierta y a fritanga de la chimenea. Fue una gozada, y sentí un estremecimiento, cuando vi a todos “mis” grupos, haciendo cola para mirar por el alargado catalejo, para enfrentarse con la visión de quizá, sus almas gemelas en el espacio.
Manuela, abrigada exageradamente, me vió enseguida y  disparó sus chispeantes ojos como agujas:
-          ¡Antonio, es alucinante! ¡Se ve como aquí mismo! – se vió a ella misma, grosella rutilante y amoratada; aspecto del Sol en el eclipse. La saludé y eso para ella fue como reconciliarse con la humanidad. Su jefe, o Jefa, como se diga, no le había hecho mucho aprecio en el evento. No sé si, quizá, pasó por encima de ella don la zancada.
Después de otros tropecientos curiosos, consumé el trámite del espectáculo solar, que sirvió para pasar un poco mejor el tiempo, una mañana de martes, en el que se unieron los mueslis del espacio con los grupos de la tierra, en una comunión que a mí me resultó paradójica, porque se constataba que no sólo estaba en mi mente ese mundo, esas asociaciones, sino que por una extraña circunstancia, gastronomía, astronomía y relaciones humanas se manifestaron como bien dice un profesor que pide siempre café americano: …una disciplina transversal que ocupa los más diversos aspectos del saber. Pues eso.

Más tarde, como todos los días; como siempre, saludé a mi encargado ( en su trastienda, él se queda) y me fui a coger el metro, recordando esa vieja canción que habla de una estrella errante: I was born under a wandering star… debajo de la cual puede haber nacido un buscador de oro, como Lee Marvin, o un camarero como yo, que se le va la pinza, y que prepara todos los días, con cuidado de relojero, constelaciones de bollería en la vitrina de la izquierda, según se entra.

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