miércoles, 14 de julio de 2010

Porque esto es Africa.


Hay pueblos que evolucionan y otros que se degradan. Y la evolución por sí sola no es garantía de desarrollo; tiene que haber síntomas inequívocos de civilización. ¿Se puede crecer sin tender a fenecer?, o sea, ¿se puede contemplar la idea de lo que se llama "desarrollo sostenible"? Yo creo que no, aunque en este tema, como en todos, la verdad está escondida entre la hojarasca de los matices.

Vienen todas estas cavilaciones, a cuento de que no dejo de entrar y salir en la perplejidad que supone ver la algarabía, la euforia desbordada y la alegría bobalicona de las gentes que celebran los triunfos de la selección española en el Mundial de Fútbol. No puedo entender tanto aborregamiento. Me resisto a creer que es una cuestión mayoritaria e imperante en la sociedad española. Pero, día tras día, se confirma que desde los medios de comunicación y amparado asquerosamente por los políticos, se está creando una sociedad infantil y babeante, presa fácil para el manejo por parte de quienes nos engañan con triunfos fútiles y sin sentido, con el agravante de que muchos de los zombis saltarines que pueblan fuentes y rotondas, no tienen oficio, beneficio ni esperanza en el futuro, con la carga de drama y desesperación que se destila en la sociedad en general.

Imbuído en la mismas dudas del principio, regreso al punto de la evolución y la regresión. ¿Vamos para el futuro o regresamos a las cavernas? ¿Hemos dejado atrás la religión o volvemos a encerrarnos en Iglesias forofas y sacristías maradonianas, comulgando farlopa? Ver un Madrid en "olor" de multitudes, promovidas por el sacrosanto y fundamental motivo de.... unos tíos que han ganado una competición deportiva... millones de personas en la calle ¿reconociendo qué? ¿admirando qué cualidad? ¿despejando incógnitas de qué futuro? ¿agarrándose a que tablas de náufrago para salvar su existencia? ¿gritando "lo lo lo" como mantra de qué pseudoreligiosidad de santos analfabetos pero musculados, eso sí? ¿cuál es el milagro de San Iker Casillas? ¿quién ha obrado el milagro de los panes de la prensa del corazón, con los peces negros carboneros, aderezados con deporte y enseña nacional? Muchas preguntas, demasiadas. Es evidente que este estado general de falsa alegría y movilización no es normal. Que esa alegría, si la consideramos justificada, que es mucho suponer, sirva para mutilar estatuas, encaramarse como gibones a la Cibeles o a Neptuno (qué tridente más desaprovechado), que implique la siembra de botellas, plásticos y mierda miscelánea por los parterres y calles de la capital, que se justifique el corte de calles, la utilización equivocada de los símbolos patrios, y el totalitarismo informativo, a mí me produce asco y repulsa. Si algo tenía de romántico y auténtico esta victoria, lo ha perdido por el fondo y por la forma, y la sociedad española ha quedado retratada en la resaca de la batalla: basura, vómitos, banderas de España pisoteadas y ajadas.

Quizá penseis que me he ido al extremo, o que me falta sosiego. Ni lo uno ni lo otro. Nadie se atreve a alzar la voz para pedir un recorte en las jugosas primas de los futbolistas, muy solidarios ellos. Ninguno ha pronunciado palabra alguna de empatía monetaria para con los españolitos. Seiscientos mil del ala y waka, waka, eh eh. Todo este empacho de naderías, toda esta exaltación de causas insulsas, gastan la pólvora en salvas, y provocarán colapsos circulatorios, infartos de miocardio y piedras en el riñón cuando haya algo realmente vibrante y emocionante en cada una de esas vidas que botan como batusis barriobajeros. La ocasión pide meditación, larga y tendida. Ahí queda.



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