ALBA

Todavía conservo el aroma de fresa que destilaba su piel. Fue como regresar a los más tórridos momentos de la adolescencia, donde todos los olores son amables, donde los fluidos estallan y surgen como un volcán de furia incontenible. Ahora, mientras voy conduciendo por esta carretera sin nombre, me siento triste. Soy un hombre maduro y conozco mis límites. De hecho he podido comprobar como el rodar del tiempo me ha robado fuerzas y me ha aportado mis primeros achaques. Alba , la chica de los souvenirs, la venus de sabor a fresa, me ha llevado del cielo al infierno en apenas dos días. El cielo del sexo inagotable, de la piel más tersa que he visto, un firmamento donde las gotas de sudor resbalaban por sus senos como el agua de un manantial virgen. El infierno de saber que en algunos momentos me faltaron las fuerzas, de tener que asumir su superioridad sobre mi en el lecho de la concupiscencia, en el hecho de que, posiblemente, no vaya a verla nunca más. No me queda más que recordar, par...