CARVALHO Y EL MISTERIO DE LA CUEVA DE ISIDORO
En esa media mañana del mes de junio, agarrada al tiempo como novia primeriza, el anteriormente llamado Torrejoncillo de la Ribera se había levantado con pereza etílica. Las fiestas habían dejado rescoldo, y la brasa del bullicio tardaría aún algunos días en apagarse del todo. Los coches de línea trasegaban por la carretera de circunvalación, y las urracas jugueteaban unas con otras, persiguiéndose dentro del algoritmo mental incrustado por la madre naturaleza, allá donde la cuesta de la grilla adquiere su rutilante nombre. Subiendo lentamente, por la acera de la sombra, con paso sereno, un hombre vestido de negro, cabizbajo, con las manos en los bolsillos, pareciera haber surgido de la nada, como de un aterrizaje, en abducción marciana se tratara. El día amenazaba canícula y bochorno, pero el visitante no parecía estar preocupado por el parte meteorológico, pues ya le ocupaba la mente algún tema que le tenía sumido en pensamientos y bosquejos, aún desconocidos. Llegó al fi...