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Zita

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Comentario a la novela "Zita" de Ana Uría, publicada en Gens ediciones. Subir al cielo y bajar al suelo, la almohada y la acacia. Zita y su mundo, que encierra universos. Toda la novela rezuma esencias del pasado, melancolías olvidadas que ya no importan. Caducaron. Una mujer que reside en una dimensión paralela, creada por ella misma, húmeda y fría en algunas páginas, seca y desolada en otros pasajes. Jirones trenzados con el hilo de la cotidianeidad. La atmósfera que todo lo envuelve, gruesa capa de poesía, tiene grietas amables por donde escapar al cielo y huir de la asfixia de la ciudad y de las banalidades. Esas mismas fisuras, sirven para regresar al seno materno de la realidad, a aquellas casas solitarias donde reencontrarse con los viejos retratos que dolieron en su momento. Varios personajes se suceden y deambulan por estos breves capítulos que languidecen con el paso de los dedos: El hombre (desnudo y en toda su extensión), Dios, los rebaños, la mugre de las Iglesia...

Aquellas noches

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Dos de la madrugada, las tres, cuatro a.m. El reloj corría como una ruleta incierta, lenta, apenas iluminada por un ramalazo de luz que se colaba por la persiana. Una espalda encorvada y el respirar trabajoso de mi hermano me devolvían a la jodida realidad de las noches en vela. Lejos quedaban ya, en lo profundo de la almohada, los héroes, las aventuras eróticas y los precipicios insondables del sueño. A la vuelta de los años, aquellas noches en la habitación de dos camas se me agolpan en la memoria del dolor y del desvelo. Los recuerdos bañados en leche de la casa de mis padres y el asma de mi hermano que le partía el pecho al pasar el camión de la basura. Mil noches, sino más abrazando aquel sonido ronco y visceral de un respirar que agonizaba, intentando que se fuera ese demonio que se le agarraba, insistente, con las garras en la carne del desvelo, siempre de madrugada. Fue la primera vez que me encontré de cara a cara con una enfermedad que llegaba a provocar miedo y sobresalto en...

Ruedas, pedales y rutas

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Desde que fijé mi retiro en San Fernando de Henares no he dejado de dibujar surcos en la vereda del Paseo de los Chopos. Según mi padre son álamos blancos, pero no vamos a entrar ahora en discernir si son galgos o podencos. Más de mil kilómetros de reflexiones internas, ojos abiertos al amanecer y viento fresco en la cara. He descubierto una afición. He entrado en la mina de los tesoros de andar por casa. He podido discernir cual es la linea del horizonte y diferenciarla del hilo dorado del amanecer. He coincidido con el sabio de barba canosa de la mañana y con el hortelano madrugador. He creído vislumbrar el bastón de mando de la alcaldía debajo de la mano que aprieta la maneta de freno, en alguna ocasión, y he comprobado que la muerte de la noche y el nacimiento del día te premian con la primitiva de la serenidad a lo largo de la jornada. Al que madruga, irremediablemente, alguien le echa una mano, alguien muy poderoso que no es Dios. Piedras en el camino, pinchazos inoportunos, barr...

Carabela portuguesa

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Que bello nombre el tuyo, medusa engalanada y señorona. Qué fatal destino te aguarda. A los turistas les da por meterse en el mar, tu casa, y encima eres tú, carabela de largos abrazos, la que molestas. Inhibe tus instintos, búscate nuevos mares, nuevos mundos, quizá en otro planeta, pues en este, casi, no tienes sitio. Eres malvada, perversa, pérfida. Eres un pavo real de las aguas con aguijón traicionero. No tienes derecho a danzar por tu Mediterráneo, ni por tu Atlántico, como lo has hecho siempre. Tu falta de cerebro racional hace que no te des cuenta de lo que molestas a los bañistas. Jodes las vacaciones a los habituales de los chiringuitos con el roce de tu piel, de gasa transparente y traidora. Los ecologistas se quedan en la orilla de la playa. Ahí es donde se queda el límite de su muy entrenada demagogia. Miran las barcas llenas de vuestros cuerpos muertos y sólo ven, algo parecido a bolsas de plástico. Basura. Los antitaurinos ( y en este caso antimedusinos) no comparten vue...

El refugio

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Dime donde está tu refugio allí donde te escondes del frío sólo dímelo, no me lo muestres pues tuyo es, y sólo tuyo para que puedas huir cuando quieras esconderte, fugarte, respirar y mirar al mundo desde arriba Dime como es la atalaya pura, cristalina, donde escapas cuando la rutina te asfixia y quieres salirte de ti, de mi de todo lo que aquí abajo queda esos ojos que suspiran aliviados en tu colina disfrutan de la luz Dime donde está tu sitio prohibido para saber guardar la distancia y sentirme bien al pensar que en tu guarida te recuperas y regresas fuerte a la batalla del día a día que nos desgasta.

Porque esto es Africa.

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Hay pueblos que evolucionan y otros que se degradan. Y la evolución por sí sola no es garantía de desarrollo; tiene que haber síntomas inequívocos de civilización. ¿Se puede crecer sin tender a fenecer?, o sea, ¿se puede contemplar la idea de lo que se llama "desarrollo sostenible"? Yo creo que no, aunque en este tema, como en todos, la verdad está escondida entre la hojarasca de los matices. Vienen todas estas cavilaciones, a cuento de que no dejo de entrar y salir en la perplejidad que supone ver la algarabía, la euforia desbordada y la alegría bobalicona de las gentes que celebran los triunfos de la selección española en el Mundial de Fútbol. No puedo entender tanto aborregamiento. Me resisto a creer que es una cuestión mayoritaria e imperante en la sociedad española. Pero, día tras día, se confirma que desde los medios de comunicación y amparado asquerosamente por los políticos, se está creando una sociedad infantil y babeante, presa fácil para el manejo por parte de quie...

Ánima mundi

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El alma del mundo, que existe es un viento sutil que viaja y busca refugio en el pozo oscuro y cristal de la mirada Energía, luz y esperanza que anida en los ojos tan negros y busca el frescor en el agua pues se viste de puro fuego. Génesis de hombre y cosmos que vertebra los días y las noches y que hipnotiza al que se sumerge detrás de ese mundo incierto que se abre más allá de las pupilas inabarcable como el universo