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Vidas truncadas

Un banco de la calle inflama El beso cerrado del alba Las manos de uno en los hombros Del otro que los reclama Desde mi rincón escribo Espío desde esta atalaya Una mirada sincera Un amor sin doblez ni tacha Y mojando la pluma pienso En sus penosas andanzas En este Madrid justiciero De tirón cruel y navaja Tal vez añoren el viento Que atestiguó su mirada Primera vez... el deseo En tardes desangeladas ¿Quién sabe...? mi mente divaga por casas ajadas e infectas y en medio una cuna dorada o ni tan siquiera eso... ríos secos de esperanza. En ese momento una mano Dibuja una línea en la cara Delatando la mancha negra Estigma de aguja infectada Ésta la mano que brega Que surca la oreja y que viaja Se va deteniendo en los labios De almendras garrapiñadas Comidos por el mal fario Devorador de las almas. Y de un golpe se esfuman De mi mente las buenas estampas Las alegrías futuras Retozos tibios de cama. Me sumergí en un momento Un instante en su rayo de calma Beso lento, ojos cerrados Acunándose...

La línea del horizonte

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Otra vez se dibujó la línea del horizonte delante de ella. Pero a diferencia de aquella primera aparición, años atrás, que fue como la visita de un ángel, esta vez el acontecimiento brotó como una bruma incierta que ocultaba la luz de un futuro por construir, el ánimo en horas bajas y el rumbo a un destino desconocido. Parecía que estaba predestinada a emigrar cada cierto tiempo y establecer relaciones con fecha de caducidad, sin raíces. Pero el paso de los años ya había hecho mella en la fortaleza de su resistencia, y el cierre de las cremalleras provocaba esta vez que alguna lágrima asomara por el quicio de sus ojos. Sylvia no era de las que echaba la vista atrás. No lo hizo la primera vez que abandonó la casa de sus padres. Era todo ansia de futuro, avidez de caras nuevas y de aires extraños. Otras se fueron mucho antes, movidas por las ganas de hacer algo de dinero y de comprarse un coche que no tuviera que pisar barro y llevar alpacas de paja. Ella tuvo un sentimiento repentino ...

La calle Atocha

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La calle Atocha es una señora sesentona, con sus prejuicios y sus resabios. Ha estado aquí desde hace la tira y se las sabe todas. Prolonga su sombra gris para que todo el mundo resbale por encima de ella, llevando su existencia a cuestas y sus prisas, y ella, como una madre permisiva, deja al libre albedrío del devenir nuestras causas y nuestras cuítas. Pervive en la memoria y sobrevive a las obras y los asfaltados. Mira de reojo las malas acciones y los milagros diarios. Renace todos los años con las colas de beatas del Cristo de Medinaceli. Se pasea con el bolso bien pegado al cuerpo y cuando alguien pregunta por ella siempre aparece por la bocacalle más cercana. La calle Atocha se toma sus vinitos en Huertas, y queda con sus amigas en Lavapiés para recordar los tiempos mozos, cuando una vecina era una hermana y una enemiga a la vez, y los recuerdos todavía recuerdan las fiestas chulapas y las gallinejas. Sobrevive en un refunfuño a los botellones y las vomitonas, y no le gusta much...

Pasar página. Nuevo capítulo

Porque la vida es una sucesión de personajes y situaciones. Es verdad. La vida es una novela coral, una tómbola multicolor amable y cruel a la vez. Desde que ha llegado Miguel a nuestras vidas ha cambiado todo, y todo sigue igual, paradojas de los libros y de la literatura. A todo se acostumbra el cuerpo y a todo se amolda la mente, hay que joderse. A mí, que me quitaran el sueño, que me robaran horas al descanso, se me hacía un mundo, pero ahora me doy cuenta de que no es para tanto. Los sunamis del miedo a lo desconocido no llegan ni a regato de agua. Podemos con todo. Mi mujer, en un principio, divisaba la cuesta arriba de tener que manejar a la personita que se coló en casa un buen día como si fuera un reto, un "guay paut" difícil de traspasar, y mírala ahora, tan "pichi richi", recreándose en el trabajo bien hecho y de regodeo por saber que ha conquistado las cimas del deber cumplido. No me extraña. Miguel, ajeno a todo y a todos, vive en un estado onírico pega...

La espera.

La incertidumbre crea sensaciones bulliciosas y estimulantes. Es una dosis involuntaria de adrenalina que huele a futuro, y como tal, hace que el punto de mira se nos rebele; nos hace la pascua para mantener el equilibrio, balanza vital. Mi incertidumbre particular reside en el hecho de ser padre, casi nada; así como manejar una escopeta de feria para conseguir un premio que se sale de lo normal. Los nervios atenazan, y cuanto más lucho por mantener la concentración, la mirada fija, la mente avizorada, más me molestan los ruidillos de la feria que me rodea. En los cursillos te enseñan a respirar para que la diana no baile ante el pipiolo aspirante, para que el centro no baile al son de los golpes de pecho, pero bien se guarda el feriante porvenir, que no te quita ojo. Nada altera más que ver a tu hijo dentro y querer, a ráfagas intensas, tenerlo en tus brazos ya pasadas todas las tormentas y nubarrones, aunque todos te digan que al final no pasa de ser un chaparrón incómodo. Dentro y f...

Telediarios paletos e infantiloides

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No es para menos, y creo que me quedo corto. Que si llueve, que si nieva, que si vuelve a llover, que si no deja de nevar. Becarias hipersonrientes y pluscuagesticulantes que dan fe de lo evidente, entrevistan a los paisanos y dan pávulo a las inevitables naderías y topicazos. Pasan veinte minutos, conectan con el enviado especial en el pueblo más remoto de Guadalajara; el chavalote, que está haciendo méritos para la empresa, nos ilustra con los centímetros de nieve caída, la ausencia del panadero por que le patinaba la furgoneta, y el recuerdo del abuelete que acude, curioso, y se sincera diciendo que esto con Franco sí pasaba, y mucho más. Geografía patria y cierra España. Media hora de informativos. En Santiago, paradójicamente, no ha llovido, pero en el pueblo de al lado sí, caprichos y vericuetos de la naturaleza. Fíjese usted que chupones cuelgan de "las canales", las ovejas de Celedonio se han constipado, y la chorva periodistilla deja colar entre frase y frase vana, e...

y el "ver blog" se hizo carne...

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Una necesidad perentoria, casi una obligación. Deshojar la margarita de los apegos y quedarse sólo con dos o tres, uno de ellos la disciplina. Escribir para disciplinar el espíritu y para alejar el fantasma de la pereza, que tiene cuerpo y forma casi humanas. Leer, absorber, asumir, imaginar, componer, decidir, escribir, y que los videojuegos, ni el mus, ni la cama, los manjares frívolos de mi existencia, me hagan naufragar. Comprar, bricolar, cotidianear, bregar con los asuntos banales que desagradan y se pintan en tono gris, tampoco deben suponer obstáculos para ello. Voluntad, pluma, tecla y lo que sobre para la creación. Como en la caja del supermercado, así como las tablas separan las compras, todas sin alma, yo tengo que separar técnicas de volátiles ideas. Y luego el pago. Todo nutre y hace pared. Construye. Los blogs de gentes conocidas, otros que se cazan al vuelo, periódicos, y todos los libros pendientes de mi salón. Bastante material, y después disciplina, mujer afanada con...