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TIEMPO

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Nadie es dueño de la verdad del tiempo, si existe, si muere, si vive destino que pasa o que viene con un velo de tristeza y escarcha el tiempo Humo,aire, rumores, viento, Dios que se nutre de fe mito, silencio presencia y ausencia de duendes acuarela y envés del momento soledad, vacio, lamento el tiempo que deja el surco fósil, marchito marcas en la piel , sentimiento Me siento a verlo pasar sin prisa, dejándome llevar y a veces, siento; como si no pasara como si no existiera, el tiempo...

Solos

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Lo queramos o no. Solos. Desde que venimos al mundo sin conocer a nadie. Desnudos ante los que ponen los ojos en nosotros. Después, un tiempo acompañados; hasta que la adolescencia nos hace soltar amarras y abandonar la casa para abrir caminos en nuestra propia rebeldía. Solos y hambrientos de sensaciones, pura energía. Acompañados después, por lo que creemos nuestro complemento fiel, alberca donde verter amor, dualidad de sentimientos encontrados, heridas de hielo y fuego. De nuevo solos, en el desengaño y en las lágrimas, por creer que los principios llegan hasta el final, hasta caer de bruces en el eterno errar, camino de imperfección. Otra vez acompañados, con las marcas del tiempo en el rostro, cicatrices de soledad que busca y que quizá encuentra, el más largo periodo de soledades ausentes, plenitud de vida, madurez de los karmas inciertos, amor en todas las vetas del espíritu; calor de compañía que se multiplica, camino firme que bordea el precipicio negrísimo de encontrarnos so...

El libro que quisiéramos leer.

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En esto de la lectura pasa como con todo, cada uno con su gusto, sus fobias y sus filias. Estoy convencido que nunca es recomendable recomendar; porque lo que a ti te parece cojonudo, al otro no le interesa lo más mínimo. Ya te puedes dejar los cuernos explicando este o aquel pasaje excelso, único, hipnotizante, que quizá tu interlocutor no encuentre nada más que nimiedades, pedanterías, elucubraciones o erudición de todo a cien. Y con la música, idem de idem. Mejor dejar a cada uno con su tendencia y que cada río arrastre su correspondiente sustrato ( incluso porquerías varias). Esto viene al caso porque en estos asuntos de la mirada al papel queda retratada mejor que nunca la ley no escrita de que huyendo de la oficialidad se consiguen los mejores resultados, la ropa más blanca y las conciencias más tranquilas reposando ociosas en acogedores resorts. Y para muestra, unos cuantos botones a modo de premisas rocigalgas: - Huye de los libros que se apilan en palets, a la entrada de las l...

Washington.

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Siempre a la misma hora, al morir el sol, por la tarde, se podía ver a Guasinton, sentado en el escalón de la casa baja donde vivía, con una novela en las manos. No os creáis que lo que se echaba a la vista era algo parecido a Milenium, o lo último de Coelho, o algo parecido, no; él era infinitamente más original y maravillosamente más entrañable. Casi imperceptible entre sus grandes manos, ya sarmentadas, amarilleaban las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Le gustaba mucho la pana, y se peinaba para atrás, aprovechando la grasilla del pelo. A mí me dijeron un dia que se llamaba Guasinton, o Washington. El caso es que yo de vez en cuando le saludaba, y el respondía - ¡a quién mato!- , pero la verdad es que no tenía cara de poder matar a nadie, porque le invadía una aureola de serenidad que santificaba su deseo, transmutado desde las novelas, de ser un vaquero del lejano oeste. Le gustaba el morapio, y fueron pocas las veces que se quedaba dormido en la puerta, con los libros de bol...

Agosto, si puedes.

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Que me den a mí un mes de agosto, ya verás... Eso de ver a la gente apretada en los coches, sudando la gota previa - y gorda-, que luego sudarán muchas más en la playa, apretada también, ¡vaya tela -menuda tela-! Dame a mí un mes de agosto para repasar las calles de Madrí y alucinar con tanta clarera en el asfalto, que no me vendo yo por una oferta de última hora; estaría bueno. Pues no se me ocurre, un año, ya no me acuerdo, romper esta regla de oro que yo me he impuesto, y forzado por las circunstancias, siempre odiosas y pejigeras, me aventuro por las procelosas carreteras de España en el mes en cuestión, y no encontré el sosiego ni la calma, ni mucho menos el viento tranquilo de los lugares furtivos a la maquinaria del progreso, ni las señoras cotillas asomadas a su puerta partida, ni las tardes plomizas de perros dormidos en la siesta, las moscas ¿qué habrá sido de aquellas moscas tan pesadas? Nada de nada. Todo era casi como en Madrí me cago en la leche. Engranaje tras engranaje...

Incendios de España

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Una España que incendia la otra. Una orilla de España que siempre te helará el corazón. Las dos frases adaptadas de dos españoles que bajaban la cabeza, exhaustos: Larra y Machado... a veces, no queda otro remedio que el exilio, voluntario y resignado. España arde y presenciamos el bulle-bulle de los aviones, de los retenes de incendios, de la gente que se queja. Qué hastío! Apago el televisor. Me asomo al balcón, España arde, es verano. España entera arde en su mediocridad estival. Los vecinos huyen de sus casas para ir de vacaciones, se meten de lleno en el incendio del mediodía, y cargan sus coches con pesadísimas impedimentas, les arden los pies, por el asfalto, España entera arde. La subclase política se regocija ante los micrófonos. Proyecta su ardiente odio a diestra y a siniestra, según toque; les queman los billetes en las manos, los meten en el bolsillo para apagarlos. La televisión misma está caliente. Fuego en los cuatro puntos cardinales de esta piel de toro desollada y ch...

Gregorio Marañón

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Dicho así, nos viene a la mente el hospital de la calle Doctor Esquerdo. Pero Gregorio Marañón fue un "galáctico", un "crack", por emplear el lenguaje del común. Devoraré algún día un suntuoso despacho con las fotos de todo aquel que haya supuesto una honda reflexión en mi vida. Mozart, Beethoven, Ortega ( no el del bar), Miguel Angel (no el de Ascensión), Unamuno, y un largo etcétera. Gregorio Maráñón debe ser uno de los que escolten mis sesudas cavilaciones cuando esté enfrascado en algún asunto que me ocupe. Médico, ensayista, científico, escritor, literato... y disponía de las mismas horas del día que el resto de los mortales para llevar a cabo todas estas ocupaciones, amén de guardar algunos ratos, como es menester, para atender a la familia o darle rienda suelta a algún vicio que otro, que supongo que como buen mortal tendría. Al hombre justo todo le está permitido, y si su mente puede llegar a la excelencia en terrenos tan dispares, entonces le sería perdonad...